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28-03-2016 | Cultura y Artes | Autor: Alvaro León

Las artes y el cannabis

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La relación entre el arte y la droga en general, y entre la literatura y la marihuana en particular, ha sido desde siempre un tema complejo y controvertido, un tabú que a la sociedad no le gusta tocar y le cuesta comprender. La droga como flagelo social, que a la vez sea capaz de potenciar la capacidad de determinados artistas, genera una contradicción que para algunos, es mejor evitar antes que afrontar.

Desde 1869 que existen testimonios de artistas conocidos que utilizan la marihuana para sus procesos creativos. Algunos no solo usaban esta planta, el opio también era un recurrente amigo en las prácticas de creación a nivel del arte en general, de la filosofía y de la ciencia.

Las “drogas” eran usadas para acceder al conocimiento que yace en el inconsciente, o para despertar sensibilidades extra cotidianas. La idea era traspasar las barreras, en esa época las impuestas por la religión principalmente, entonces esto constituía un acto de rebeldía, espíritu intrínseco del arte en sí.

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Es en este punto donde el arte, en su afán de trascendencia y de descubrimiento de la verdad, se torna transgresor y rebelde.

Las drogas se vincularon al proceso de la creación, sobre todo entre los artistas llamados “malditos”, que exaltaron sus efectos intensificadores de la sensibilidad, la posibilidad que ofrecían de acceder a otros estados de conciencia y plasmaron en sus obras, ya sean de literatura, arte o música, su propuesta autónoma e independiente de lo que se querían a nivel social lejos de las expectativas del reinado vigente.

Lo del malditismo en el mundo del arte no dejaba de ser una leyenda. Tiene su origen a finales del siglo XIX cuando una serie de artistas dejaron de pintar por encargo de reyes y mecenas y empezaron a crear obras para sí mismos. Caravaggio, Rembrandt, Monet, fueron en su tiempo artistas con voz propia o sencillamente contracorriente, en la actualidad son material de estudio académico. “Impresionismo”, “gótico”, “barroco”, “manierismo”, eran originalmente adjetivos peyorativos.

Yéndonos a la música, un hecho que ejemplifica perfectamente esta paradoja es la música del siglo XX, en concreto los músicos de jazz, blues y rock tradicionales, que hoy son material de estudio en las escuelas, así como en otros ámbitos se aprenden y siguen las líneas de seres tan cáusticos y transgresores como en su día lo fueron Schönberg o Stravinsky, que hoy por hoy ya pertenecen a un clásico de estudio.

Una anécdota musical al respecto es la del  músico de Jazz Milton “Mezz” Mezzrow quien se fue a vivir, en 1929, a Harlem declarándose como un Negro Voluntario. Ahí comenzó a vender marihuana. Posteriormente fue conocido como “El Hombre que enseñó al mundo” y “El enlace entre razas”.  Mezzrow vendía gordos cigarrillos llamados mezz porros. Pronto una nueva jerga de Harlem emergería: algo genuino sería descrito como “mezz“.

Shakespeare fue un autor rebelde y deslenguado que hizo temblar los pilares de la hipocresía isabelina. Frente a este personaje en específico, según un grupo de expertos sudafricanos, afirman haber encontrado restos de cannabis, nicotina y cocaína en unas pipas de tabaco pertenecientes al conocido dramaturgo. Hay que destacar  que en la Inglaterra del siglo XVII se fumaba tanto cannabis como hojas de coca, ambas consideradas “variaciones” del tabaco durante el período isabelino. Shakespeare, según dicen, prefería la marihuana ya que conocía las propiedades nocivas de la cocaína.

El asunto es que algunas drogas, a lo largo de la historia, han sido usadas para la expansión y emancipación de las artes. El arte, la literatura y la música, al margen de la Religión y de la Ciencia, siempre estuvieron cerca de ese impulso humano de equipararse con el deseo de trascendencia, unido al deseo de  belleza y redención.

Desde 1869 se tienen testimonios de artistas que buscaban las bondades de la marihuana para sus procesos de creación literaria. La mismísima Loissa M. Alcott, autora del clásico juvenil “Mujercitas”, fue una apasionada defensora de esta práctica, escribiendo sobre la droga en “Un juego peligroso”.

En España, es Valle-Inclán quien nos introduce en el mundo de la marihuana como fuente de inspiración. En la otra orilla del Atlántico, Jack Kerouac es una figura simbólica al igual que William S. Burroughs, un individuo que manifiesta su imposibilidad de escribir si no era bajo los influjos de la droga, “Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación momentánea de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa“ dice W.S.B (Yonqui, confesiones de un drogadicto irredento).

El novelista inglés Martin Amis sostenía que la marihuana contribuye a la liberación del inconsciente. “En todos mis libros he utilizado la marihuana, porque deja volar el inconsciente. El inconsciente es muy importante para escribir”. También agrega que: “Para mí, la droga ideal para un escritor es la marihuana, es lo mejor para atrapar las ideas que flotan a tu alrededor, pero tienes que fumarla cuando tomas notas, no durante la redacción definitiva del texto”.

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A lo largo de los últimos siglos, han sido varios los artistas que se han manifestado influenciados por los efectos de la droga. Quizá el debate en torno al consumo responsable deba dejar de estar zanjado por prejuicios y cuestiones doctrinarias y pueda abrirse paso a una reflexión consciente y racional sobre el asunto.

El arte es la manifestación del gran espíritu. Y  a veces necesita  salir y plasmarse con ayuda de algunas plantas de poder que rompen y quiebran las barreras de la opresión y limitación socio cultural impuestas y tan arraigadas en el consiente.  Por esto el inconsciente muchas veces se sitúa en una prisión perpetua hasta que algo abre la puerta y lo deja salir.

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